A
SIMONE DE BEAUVOIR
3
de enero
Mi
querido Castor
Hoy,
dos cartitas suyas encantadas. Encantadas y encantadoras. He disfrutado de sus
poéticos días y de su grata noche de año nuevo. Sí, querida pequeña, es usted completamente
novelesca; cuánto me complace saberla feliz. En cuanto a mí, bien que desearía
tener ocasión de parecerle, a cambio, poético o novelesco, pero en verdad que
no soy ni una cosa ni la otra. La guerra ha quedado lejos de mí, como igualmente
el «servicio militar» o las «grandes maniobras» que le sirven de sucedáneos, y
asimismo el sentido de mi historicidad y mi moral y qué sé yo. Hay tan sólo un
mecanismo administrativo algo desordenado pero aun así bastante regular, que
marcha a los tumbos y yo estoy cogido en él, seco como un sarmiento.
Me
parece que soy un meteorólogo civil, que vivo una vida civil que el destino me
ha rehusado y para la cual se necesitan aptitudes que no poseo y que intento,
aunque remolonamente, adquirir: es terrible los errores que cometo en la
comprobación de los sondeos. Pero se compensan unos con otros y apenas si se
notan. Ahora, cuando veo papel milimetrado, la vista empieza a gastarme bromas,
se para donde le da la gana y yo marco la posición del globo conforme sus
caprichos. Es como un sucedáneo de la agorafobia: ante estos grandes espacios
cuadriculados pierdo la cabeza y me arrojo como sea sobre un cuadrado cualquiera
y casi lo perforo con la punta de mi lápiz para poner fin al atroz suplicio de
planear sin punto de vista, como una conciencia desencarnada, por sobre la cuadrícula.
De lo cual infiero, naturalmente, que para ser físico hay que ser muy mezquino.
Así que en esta empresa soy chupatintas. Imagine, si quiere ver mucho mejor que
por cronología lo que hago, un pequeño antro caldeado, orgánico y luminoso,
repleto de olores íntimos y de humo de tabaco: es mi jornada diaria —con tres
tajitos de aire helado, gris y macilento: los sondeos—. Y, entretanto, el desayuno
en el Café de la Gare, confortable pero desprovisto de poesía. Y, al lado de mi
función administrativa, actividades técnicas —dar el último toque a la novela—
y pensamiento a secas.
Anteayer
algo sobre la mala fe, hoy una pequeña tirada de 22 páginas sobre el Asco. Incluye
esta frase que no me disgusta: «En ese caso, dirá usted, si la mierda nos da asco,
¿es que nos gustaría comerla?». Yo contesto: «Seguro». Todo esto es la
felicidad, percátese usted, mi pequeña flor. Pero felicidad seca. Mis grandes
alegrías proceden del cuaderno y la novela, en vez de ser vertidas en el
cuaderno y la novela. Y me temo que la novela pague un poco las consecuencias
de cierta incapacidad mía para emocionarme. Pero bah, puro romanticismo, se
puede suscitar emoción sin sentirla uno, ¿no es cierto? Para ser justos, tengo
que decir que, hace tres o cuatro días, me asaltó no la emoción sino una
especie de aura vaticinante, con motivo del libro de Rauschning, que me había
calado hondo; yo veía una
cierta Alemania, comprendía su papel y su amenaza y sentía mi historicidad, lo
cual me permitió comprender mejor a esos tipos de los que usted y yo hablamos a
veces y que están todo el tiempo pensando en lo social. No carece de grandeza
pero el revés de la medalla es que uno está todo el tiempo por debajo de los pensamientos
que uno produce. Porque uno cree en ellos. No es que yo no crea en los míos, por lo general,
pero a fin de cuentas sé perfectamente que son el producto de mi libertad. Creo
en ellos «al infinito», es decir que creo en el sistema que formarían si los
cerditos no me comieran. Pero ellos siempre se comen a los tipos un poco antes
de que el sistema se haga. Bueno. En mi vida hay una sola estrellita de
felicidad húmeda y de poesía, usted y su nieve. No veré su nieve pero la veré a
usted, pequeña mía.
Vayamos
a eso: es seguro, tanto como puede serlo, con los militares, que estaré ahí entre
el 25 de enero y el 1.° de febrero. Hubo montones de embrollos y al final se encontró
el argumento ideal, el argumento irrefutable: 1.° No puede ser que se ausenten
dos sondeadores a la vez, es decir, el 50 % del efectivo. 2.° Los últimos
permisos tienen que iniciarse el 15 de febrero, ya que el primer turno debe
terminar el 1.° de marzo. 3.° Por lo tanto, siendo Paul el último y marchándose
éste entre el 10 y el 15 de febrero, yo debo hacerlo por fuerza entre el 25 de
enero y el 1,° de febrero (se calculan 15 días debido a la longitud de los
trayectos).
Cuando
reciba esta carta me separarán de usted, a lo sumo, unos quince o veinte días.
A las Z. no hay que decirles nada, A T. le escribí que estaré cinco días, sin
aclararle aún que a usted la veré dos días de esos cinco, o sea que nuestro
primer plan sigue en pie.
¿Qué
más, querida pequeña? Lévy no tuvo mejor idea que vomitar sobre las mesas del
College Inn. La grosería me escandalizó; debido, estoy seguro, a todo lo que,
desde este sitio, representa para mí ese College Inn en el que he vivido
pequeñas citas sentimentales con usted, veladas de pasión con Olga y de solícita
galantería con Tania —sin hablar de Bourdin— y, finalmente, gratos encuentros
amistosos con la dama. Como ve, la guerra le vuelve a uno sentimental, fue un
poco como si Lévy se hubiese limpiado el culo con mis viejas cartas de amor. A
decir verdad, aun al contárselo de esta manera vuelve como un eco de
puritanismo y de delicadeza de sentimientos, es más fuerte que yo.
Esto
es todo, mi pequeña flor. Envíeme con urgencia, si no lo ha hecho aún: dinero, cartuchos de tinta, cuadernos. Y también muy rápido libros. Los suyos han sido despachados.
Me podría comprar, Junto con Gilles y el de Romains, el pequeño volumen de De Rougemont titulado
Journal d’Allemagne, quiero leerlo después del de Rauschning.
Hasta
mañana, amor mío, amor mío querido. La quiero con todas mis fuerzas y ardo en
deseos de verla. Cuando llegue tendrá seis cuadernos para leer. Pero están escritos con letra grande.